Cuando Florence llegó a casa la primera noche, le enseñé a utilizar la ducha, ya que el agua que cae de un grifo es algo casi milagroso para ellos. Su única fuente de agua proviene de un pozo de la casa de un vecino. Junto con mi hijo Daniel, que me ayuda a traducir con Google Translator en francés, le voy explicando cómo funciona un baño. Cuando le doy la toalla le pregunto si trae algo de ropa para cambiarse después de la ducha, y me dice que no, que solo tiene lo que lleva puesto. Se me cae el alma a los pies. Ella no puede utilizar pantalones porque en su cultura las mujeres no llevan pantalones, algo que descubrí después de que rechaza los pijamas que le ofrezco. Acabo dándole un vestido largo de verano con motivos étnicos. La cara de alegría genuina que pone cuando lo ve es algo que no olvidaré, porque no tengo claro desde cuando a ella no le han regalado un vestido, aparte del que lleva puesto.
Le enseñamos su habitación así como la ropa que varias personas nos han donado para el bebe y para ella. Está abrumada porque no puede creer que todo eso es suyo. Le preparamos su habitación con cariño y pusimos peluches en la cuna del Nathanael. Y entonces, ella dice que ha traído algo para mí, y de la única mochila que lleva como equipaje, saca una bolsa, su mayor tesoro. Ha recorrido medio mundo con 5Kg de naranjas como regalo. No lleva ropa interior ni pañales para el bebe, pero sí unas naranjas para mi. No he recibido un regalo más maravilloso en toda mi vida, y es algo que nunca olvidaré.
El bebé entra en la UCI al día siguiente, y durante esa semana ella viene a casa a comer y a ducharse. Yo le digo que la quiero en francés, la colmo de besos y abrazos, y la siento en la mesa para que coma caliente y abundantemente. Entonces ella sonríe y me dice “gracias madre Abi”. Hablamos de nuestras vidas y creamos vínculos afectivos, casi familiares, y así poco a poco, ella se siente acompañada y querida en este entorno nuevo para ella.
Las próximas semanas son duras, la UCI es cruda, la operación a corazón abierto es todo menos fácil. El despertar a los 7 días de la cirugía es crucial, las horas pasan y el bebe sigue con vida, con altos y bajos, pero sigue adelante. Nosotros lo vivimos como si fuera nuestra hermana, nuestro hijo, le acompañamos en la UCI, le llevamos comida y ropa limpia, amor, compañía e internet para que hable con su familia.
Hasta que sale del hospital y va casa de nuevo. Esta sensación de agradecimiento profundo y paz no se puede describir con palabras. Ahora ese corazoncito tiene que cicatrizar y recuperarse antes de volver a su casa.
Nuestra vida solo puede cobrar sentido cuando miras hacia afuera y empiezas a ayudar a las personas que tocan a tu puerta. Eso sí, sin esperar nada a cambio porque las expectativas nos hacen perder el verdadero objetivo: Todo lo que hacemos es por amor, pero ayudamos con propósito y nos entregamos con orden y límites, sabiendo que tenemos familia propia a la cual cuidar y trabajos que mantener para sostener la rueda que tenemos funcionando.
Es un hecho que Nathanael va a volver volver a casa a jugar con el resto de sus hermanos y llevará con orgullo el título de “niño milagro. Cuando crezca, sus visibles cicatrices delatarán que volvió a nacer y que nosotros, gracias a Dios, hemos sido parte de esta salvación.
Nathanael, mamá Florance, nunca olvidaremos vuestras vidas, os llevaremos en nuestra alma hasta nuestro último aliento. Nuestros caminos se han cruzado, nuestros corazones se han alineado, hemos sido testigos de vuestro milagro y esto ha marcado irremediablemente nuestro rumbo para siempre.

